El costo social, institucional y de desarrollo de la impunidad

 El costo social, institucional y de desarrollo de la impunidad
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Por Cándido Mercedes

 “Gobernar es cambiar hábitos, que quien gobierna sin cambiar hábitos, no está haciendo nada por la sociedad”. (John Locke).

La falta de transparencia, la corrupción y la impunidad constituyen tres flagelos que degradan y descomponen una sociedad. Son focus de contagios cual si fueran virus, bacterias y microorganismos que laceran todo el tejido social, todo el núcleo principal del cuerpo social de una sociedad determinada. Una organización, una institución, un grupo determinado puede ser transparente, más existir corrupción, empero, no impunidad.

Sin embargo, cuando coexisten corrupción e impunidad se anida la base de la condena de un país al desastre. Podemos trillar un excelente camino en el auge de la transparencia, no obstante, si no tocamos hondamente la impunidad, se deriva en una profunda postración. Una frustración colectiva se incuba en todos los niveles y en toda la dimensión humana. Cobra cuerpo así una especie de estrés postraumático colectivo que deriva, más tarde o más temprano, en violencia.

La impunidad trae consigo abuso de poder, arrogancia y prepotencia. Es la secuencia del peso de la dominación y de la hegemonía de quienes la hacen prevalecer. Es el manto de su jerarquización, de los niveles en que se encuentra en el entramado y en su diseminación. Nos indica por donde andamos en un país en materia de arraigo institucional. El comportamiento humano es un reflejo de nuestra personalidad, sustancializado en el marco de la cultura de una formación social determinada y del grado del marco institucional, colocada en el focus de una sociedad.

El espacio del respeto, de la confianza, del cumplimiento de lo legal tipifica la decantación real del desarrollo de un país y del compromiso colectivo. Dicho de otra manera, que deseamos privilegiar, priorizar, para el desarrollo sostenible de una sociedad. Lo individual y lo colectivo no tienen por qué excluirse o como diría Byung Chul Han, el liberalismo y el civismo no son excluyentes. Nos dice el laureado filósofo que civismo y responsabilidad son más bien un prerrequisito esencial para el buen logro de una sociedad liberal.

Alguien decía que en una sociedad abierta se vive de los aprendizajes cruzados. Estamos en la Era de las Tecnologías de la Información y Comunicación (TIC), Era del Conocimiento, que se entrecruza en la irrupción de un cambio de época, de una época de cambio. Una nueva Era, la Civilización Digital. Allí donde la nanotecnología, la inteligencia artificial y la robótica caminan en el mismo vagón, penetrando en la ruptura de cientos de paradigmas y con ello, por momentos, en la instalación de la incertidumbre. ¡Ya nada es para siempre! George Berkeley nos dijo alguna vez “La percepción son hechos, en tanto la gente cree en ellos”. La percepción, cimentada en encuestas y en estudios de organismos internacionales.

es que la corrupción como la impunidad, en los últimos 16 años, creció como la verdolaga en el campo. Para el 2017, primera vez que el Índice Global de Impunidad nos midió, estuvimos entre los países con el más alto nivel de impunidad. Para el 2020 no nos pudieron medir “por irregularidades e inconsistencias en la información oficial”. En ese mismo tramo se encontraron países como: Argentina, Brasil, El Salvador, Trinidad y Tobago y Venezuela.

La corrupción es realmente un impuesto regresivo que afecta a los sectores más carenciados de la sociedad. Cuando ella se expande es fruto y expresión de la impunidad, que es la degeneración y degradación de los poderes públicos, en su ausencia de control y regulación. Se propicia así la escala de impunidad que ha de desarticular, como prerrequisito nodal: los sistemas de seguridad, la justicia y por vía de consecuencia, toca necesariamente los derechos humanos. La escalada de la impunidad hace que la desigualdad, la corrupción y la violencia crezcan simultáneamente. Todo ello, puerta a la criminalidad, al crimen organizado, al narcotráfico y a la narcopolítica. ¡Delincuencia ratera, delincuencia de cuello blanco y delincuencia política ahondada las tres, crearon una sociedad caracterizada por el latrocinio!

Filipinas, India, Camerún y México fueron los cuatro países peor valorados de 69 países en el 2020 en el Índice Global de Impunidad. Nosotros estamos entre ellos, ya para el 2017 nos situaban así, no hay que dudar que en el interregno del 2018, 2019 y 2020 el panorama fuera más negativo en el deslizamiento de la cuneta, tal como nos valoraba Transparencia Internacional en los años 2019 y 2020 y el Foro Económico Global. Se requiere, como ya nos decía Locke, desde puentes tan lejanos como en el Siglo XVII, “cambiar y crear nuevos hábitos”. Construir una nueva moral pública, una ética social donde el costo social que implique una condena pública sea tan efectiva como el cianuro o el curare.

Aquí vemos personajes como se pavonean en los sitios públicos, en la televisión, que deberían instalarse en el más absoluto ostracismo. “Seres humanos” sin la más mínima condición humana, sin pudor, porque una “persona” que robe, que sea caco en las dimensiones que observamos en las auditorías practicadas allí donde dirigieron, no merecen el título de gente sino excusable sin fauna del escenario animal. La impunidad generó una cleptomanía donde la codicia, la avaricia, la ambición, el anhelo del poder y el vacío existencial se empoderaron de cientos de personas de una manera demencial.

El sistema institucional tiene que cambiar para que se produzca una mejor horizontalidad en la pirámide social, para ello tenemos que trabajar para disminuir significativamente los costos de la corrupción y de la impunidad. Dejar atrás esa profunda complicidad social sin importar jerarquía económica, social y política. Romper el muro del miedo, de la complacencia, de la simulación y la hipocresía, del hablar más fuera de cámara que en la cámara misma. Dos entrevistas y una sola enteramente robustecida de verdad.

Somos los ciudadanos que al comienzo y al final pagamos la putrefacción que genera la impunidad, donde ella atrapa y ahoga a la justicia y captura los demás poderes del Estado en diferentes vías e instancias. Nos encontramos en el tránsito del ocaso de la impunidad. La catástrofe ha sido inmensa. Lo difuso y la futilidad no deben tener cabida, solo la firmeza que obre como renacimiento, como motor de una nueva esperanza renovada para rupturar la decadencia que como sociedad nos yugulaba.

En el libro de Niheer Dasandi y Matthew Taylor ¿Falla la democracia? nos señalan “El Estado de derecho en los países democráticos regula de forma significativa el poder del gobierno. En una democracia, no hay nadie, ni siquiera el Primer mandatario del país, que este por encima de la ley”.

Solo limitando el poder de las elites podremos ensanchar en el marco institucional, nuestro sistema democrático, lo cual coadyuvará a disminuir el alto nivel de impunidad e impulsará un mejor y armónico bienestar. La transparencia solo es válida si limita el poder político. Pongamos esa casta al desnudo.

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